lunes, 9 de noviembre de 2015

CONCEPTO DE COGNOSCIBLE, PLATÓN


El auténtico conocimiento, el conocimiento científico, sólo se puede tener de aquello que es universal y que permanece, no de lo particular y mudable. Por lo tanto, el verdadero conocimiento científico sólo se puede tener respecto de las Ideas. Es en las Ideas donde se encuentra la verdadera esencia de las cosas, aquello que las cosas son. Pero para Platón, dentro de la dualidad de la realidad, no es sólo que en el mundo inteligible, dominado por la Idea de Bien, podamos encontrar la esencia de las cosas y aquello que nos posibilita su conocimiento verdadero, sino que es al mundo inteligible al que el mundo sensible le debe su propia existencia y su esquiva identidad por mor de la actividad recreadora del Demiurgo. Pero Platón va más allá, y nos dice que el resto de las Ideas del mundo inteligible se pueden conocer en sí mismas gracias a la verdad que reciben de la Idea del Bien; y no sólo eso, sino que es la propia esencia de las Ideas, su propio ser eterno e inmutable el que depende de la suprema Idea del Bien, tal y como se expresa en la frase: “Y así dirás que a las cosas cognoscibles les viene del Bien no sólo el ser conocidas, sino también de él les llega el existir y la esencia”.
La relación de dependencia y paralelismo entre el mundo del cambio, por un lado, y el de la permanencia de las esencias, por otro, la explica Platón mediante el concepto de participación. Las cosas, las realidades del mundo visibles lo son, son tales realidades en tanto en cuanto que participan de la realidad inmutable y eterna de las Ideas. Y, por último, es la Idea de Bien la que, perpetuando la labor creadora del Demiurgo, posibilita la permanencia en la existencia ya no sólo de los objetos de la experiencia sensible, sino de las mismas Ideas en las que radican las esencias de las cosas. Pero es tal la excelencia de la Idea de Bien que ésta no es ni siquiera esencia de ninguna otra cosa o Idea, “y aun siendo bellos tanto el conocimiento como la verdad, si estimamos correctamente el asunto, tendremos la Idea de Bien por algo distinto y más bello que ellas”.


A dicha conclusión, llega Platón llevando a su último extremo la comparación, el símil, la analogía existente entre la posibilidad de conocer con verdad y su causa, la Idea de Bien, por un lado, y la posibilidad del sentido de la vista y su causa, la luz del sol, por otro. Así como la posibilidad que existe de ver las cosas necesita de la luz y sin luz no hay modo de poner de manifiesto el sentido de la vista aun cuando éste existiera, de la misma manera, la facultad de conocer debe responder de modo efectivo sólo ante cierta forma de iluminación de su objeto. Y así como es el sol la causa de la luz, la cual permite ver, del mismo modo es la Idea de Bien la que confiere a los demás objetos de conocimiento, es decir, las Ideas, la posibilidad de ser vistos por el entendimiento, la posibilidad de ser alcanzados en su verdad. Da Platón un paso más en el paralelismo entre la facultad de la vista (la más perfecta de las percepciones) y la facultad del conocimiento. Y argumenta que, si la causa de la visión de los objetos, es decir, el sol, es también el origen de estos mismos objetos al posibilitarles la vida y es además aquello que a través de la nutrición les permite permanecer viviendo, del mismo modo la causa del conocimiento de las esencias, la Idea de Bien, será la que les posibilite a ellas su existencia atemporal y así a la propia Idea de Bien deberán su esencia.

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