martes, 15 de enero de 2013

CONTROL DE IMPULSOS, CANALIZACIÓN DE LA IRA



Saber reconocer y encauzar la ira es una capacidad esencial para mejorar la relación con los demás.

En muchas ocasiones sentir rabia es algo inevitable, justificado e incluso útil, pero otras veces comporta una explosión que acaba sacando la peor parte de la persona. Sabemos que la ira es la emoción que está detrás del maltrato, la ofensa, la violencia y peleas. La  ira nos coloca ante un dilema:
·         Si reprimimos nuestros enfados podemos aumentar dicha ira.
·         Si damos rienda suelta a los sentimientos de enfado puede causar daños a uno mismo o a los demás y empeorar una situación ya de por sí difícil.
Entonces, ¿qué podemos hacer si nos sentimos furiosos? ¿Es preferible contener la rabia o es mejor dejarla salir y expresarla sin contemplaciones? La solución, posiblemente, radique en encontrar un punto intermedio.
Para aprender a encauzar la ira proponemos una serie de pasos. Siguiendo este proceso podremos descubrir qué nos está afectando y qué necesitamos para solucionar esta situación.
·         Un primer paso indispensable para utilizar la ira de manera positiva es detectar que se ha despertado esta emoción: reconocer que estamos enfadados por algo y que este algo que nos ha molestado.
A veces intentamos camuflar esos sentimientos negativos que tenemos bajo un rostro amable o alegre, pero a veces el tono de voz o una postura rígida y acorazada evidencian ese malestar con uno mismo y con los demás.
En otras ocasiones no somos conscientes de nuestra ira y es precisamente entonces cuando es más probable que se convierta en un problema. Si uno no detecta que se ha encendido una señal de alarma no se movilizará. La señal tendrá que ser más potente para que sea percibida, lo cual significa, en términos de ira, una mayor acumulación, la cual amenazará con descargarse de manera incontrolada.


Es importante, por lo tanto, detenerse a pensar y saber exactamente lo que sentimos, intentando poner en palabras las sensaciones. Este primer paso se debe realizar en silencio. Se trata de reconocer la emoción en uno mismo, con lo cual no es necesario todavía mostrarla o expresarla a los demás.
·         Un segundo paso es admitir la frustración:
¿Por qué nos enfadamos? Si observamos todas las situaciones en que nos sentimos enfadados veremos que tienen todas algo en común: un sentimiento de frustración, decepción, impotencia. El enfado o malestar viene a ser como una señal  que se enciende cuando un deseo o lo que esperábamos que ocurriera no ocurre. El objetivo principal de la ira, por lo tanto, es avisarnos de algo que sucede en nuestro interior.
Para poder controlar esa ira es importante acercarse a ella, conocerla mejor, y por eso es útil preguntarse sobre su procedencia. Cuanto más se sepa de la emoción más fácil resultará encauzarla hacia dónde se desea. Para descubrir qué ha desencadenado la ira es preciso ir tirando del hilo, formulándose preguntas como:
• ¿Cuál ha sido la situación o situaciones que me han molestado?
• ¿Por qué me enfurecen tanto?
• ¿La sensación que ahora siento me recuerda alguna vivencia pasada desagradable?
·         Un tercer paso es asumir la responsabilidad
Muchas veces se canaliza la rabia hacia personas o situaciones que no constituyen su origen real, como ocurre cuando se descarga el malestar acumulado durante el día con la familia o las personas de confianza. O cuando se reacciona exageradamente a lo que hacen o dicen los demás porque, sin que se den cuenta, han tocado una herida o un punto débil que proviene de vivencias pasadas desagradables.
La tendencia más fácil al sentir rabia es echar las culpas fuera, hacia las otras personas o a las circunstancias: «Él me saca de quicio», «Esto no es justo», «me tienen manía»… y reaccionar. Con esta actitud, sin embargo, se da por supuesto que los sentimentos están fuera de nuestro control, pues sólo se deben a lo que nos hacen los demás o a lo que nos sucede.


Pero de quien más habla la emoción que estamos sintiendo es de nosotros mismos. Las reacciones ante un mismo hecho pueden ser muy diversas. Lo que para una persona puede ser inadmisible y generarle mucha rabia, otra puede vivirlo de manera muy distinta, precisamente porque cada persona tiene una historia y un carácter diferente. Entenderlo así ayuda a responsabilizarse de las propias reacciones y aprender sobre uno mismo a través suyo. En cualquier caso somos responsables de nuestra actitud y de lo que generamos con ella.
·         Un cuarto paso es liberar esa tensión, ese enfado o esa ira
Al sentir ira, el cuerpo responde al instante segregando adrenalina, la hormona que tensa los músculos, acentúa la alerta e incrementa los latidos del corazón. Es una respuesta instintiva. Al enfadarnos, nuestro organismo se prepara para una acción que muchas veces no llega a realizarse, con lo cual se acumula una tensión que no se libera.
La ira que tenemos acumulada y que no encuentra vías para descargarse puede somatizarse con síntomas físicos, como úlceras, hipertensión, dolor de cabeza, tensiones musculares… o bien, con explosiones de cólera fuera de lugar. Por ello es muy importante encontrar canales para descargar la ira que permitan volver a un estado más tranquilo.
Una manera de evitar grandes explosiones es discutir con más frecuencia, hablar de los malos entendidos en el momento en que pasan. Si las pequeñas desavenencias son ventiladas con regularidad se evita la peligrosa acumulación de la ira. A veces una fuerte discusión, si se resuelve adecuadamente, puede ser muy beneficiosa, pues permite que se restablezca una comunicación sincera y que la relación adquiera una mayor profundidad.
Otra manera de aligerar la ira es utilizar el cuerpo para realizar acciones físicas que permitan descargarse y liberar la enorme tensión que se acumula, como dar golpes a un cojín, correr unos metros, gritar… El deporte o el ejercicio practicado de forma regular también puede resultar útil.
Una cosa es la acción de pura descarga y otra la agresión al prójimo. La descarga se convierte en destructiva cuando va asociada al deseo de hacer sufrir o castigar. En estos momentos es preferible tomar distancia: contar hasta diez, darse un paseo, encontrar otras formas para descargar toda esta energía concentrada… para que las aguas vuelvan a su cauce.


·         Por último tenemos que expresar el mensaje:
La ira puede ser una barrera para la comprensión entre las personas o, por el contrario, una vía para acercarse y profundizar en la relación. Pero, ¿cómo se consigue este efecto positivo del enfado?
·         Lo primero es alcanzar una visión más clara y equilibrada de la situación, comprendiendo su verdadero origen.
·          Lo segundo es aprender a expresarse, hacerle saber a los demás el impacto que ha tenido su acción o su actitud en nosotros.
La ira que resuelve en lugar de destruir es aquella que procura que en una próxima ocasión no vuelva a repetirse la misma situación que la ha generado. Por ello es tan importante hacer llegar a la otra persona nuestro mensaje. Es más fácil que esto se consiga hablando de uno mismo, de los propios sentimientos y sensaciones, o de la necesidad o la expectativa que no se ha visto cumplida. Mientras que si la otra persona se siente juzgada, atacada u ofendida es difícil que le llegue el mensaje e intente cambiar su actitud.
Desde pequeños experimentamos la ira. Los berrinches de la infancia, la rabia adolescente… seguramente tardamos años en conseguir expresar adecuadamente la cólera, ira o enfado ante la frustración, pero sin duda constituye un aprendizaje vital. El enfado tiene una importante utilidad: ayuda a reafirmarse uno mismo, a diferenciarse, a expresar el propio punto de vista y las propias necesidades. La cuestión está en saber expresarse adecuadamente, para que el poder de la ira nos fortalezca pero también nos aproxime a los demás.







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