miércoles, 16 de enero de 2013

DESCARTES


1. Introducción.

    A lo largo de los siglos XIV y XV se produce en toda Europa una revolución cultural que determinó un cambio radical en la orientación del pensamiento. La grandes síntesis medievales se rompen y nace una cultura que
pretende recuperar los valores de la tradición clásica. La Edad Media concebía toda la realidad creada orientada hacia una finalidad última de carácter trascendente. Dios, como aspiración última, era lo que dotaba de unidad
tanto al pensamiento como a la acción. Así, la armonía entre razón y fe en el ámbito filosófico encontraba su traducción práctica en una ética que, asumiendo las virtudes del mundo clásico, culminaba en la doctrina teológica de la elevación sobrenatural del hombre.


    El Renacimiento se caracteriza por un giro radical en este modo de concebir la realidad. No es que se niegue la existencia de Dios; es más, la mayoría de los pensadores siguen siendo creyentes, pero pierde el papel rector que hasta entonces había tenido. El hombre busca emanciparse de todo lo que pueda interpretarse como una coacción
externa en la búsqueda de un desarrollo autónomo de todas sus capacidades.


    Con estas premisas, emerge el «humanismo» bajo la inspiración de que «el hombre es la medida de todas las
cosas». La ya conocida tesis de Protágoras se interpreta en el sentido de que la humanidad posee poder para determinar su vida sin dependencia alguna. Por ello, el individuo comienza a adquirir un nuevo protagonismo. La «gloria» como expresión de la conquista personal de nuevas metas se convierte en el motor de las acciones. El ideal del humanismo renacentista es el individuo capaz de brillar en todas las dimensiones, el hombre con una
fuerza capaz de realizar obras que desafiaran a la historia, al tiempo.


    Pero se tomó conciencia de que su naturaleza humana, finita y débil, no podía ser la fuente de las energías necesario para ello, y comenzó a buscar en la naturaleza aquello que deseaba. El Mundo Antiguo la había venerado como el arché en el que todo tenía su origen y su sentido, y el redescubrimiento de los textos clásicos alimentó tal esperanza. El mito del Anima Mundi platónico, según el cual la naturaleza es un ser vivo animado por un alma con
la que el hombre puede entrar en comunión, cobra una vigencia arrolladora. Y de este modo, el «naturalismo panteísta» pasa a ser una doctrina común en la nueva clase intelectual.


    En el estudio de la naturaleza, comenzó el hombre moderno a percibir que las leyes que regulaban los fenómenos coincidían de un modo exhaustivo con las de su razón. Y a partir de ahí, concluyó que su razón era el
tribunal último al que se debía someter todo aquello que aspirara a tener rango de realidad. En términos filosóficos, esto es el nacimiento del «racionalismo».   La sede de la razón es la conciencia, y por consiguiente ésta pasa a ser el espacio por el que ha de transitar la realidad amoldándose al criterio que ella le imponga.


Un hecho histórico de capital importancia en esta exaltación de la conciencia individual fue la Reforma. Lutero, como Ockham, parte de la omnipotencia divina como telón de
fondo en el que ha de situarse el hombre. Mortalmente herido por el pecado, el ser humano es incapaz de realizar obras que le garanticen la salvación, pero Dios, porque así lo desea, lo salva, y la certeza de que, a pesar de ser pecador, ha sido redimido, la alcanza en la relación directa con Dios. Así, la Reforma profundiza en la conciencia personal como epifanía del misterio, como lugar en el se descubre al Dios salvador. De este modo, y de forma paradójica, racionalismo y protestantismo coinciden en situar al individuo en el centro de la realidad. La filosofía
que vamos a estudiar se construye a partir de estos presupuestos.

    1. Su vida.

    Para muchos historiadores es el verdadero iniciador de la filosofía moderna, aunque siempre es difícil  determinar con exactitud el fin de una era y el comienzo de otra nueva. Nació en Francia en 1596, y al ser de
familia noble pudo estudiar en uno de los mejores centros del momento: el colegio de la Flèche de los jesuitas. Allí entró en contacto con la filosofía escolástica, de la que más tarde dijo que dejaba insatisfecho su espíritu al dar por supuestas numerosas cuestiones sin una demostración previa. Y fue precisamente esta inquietud intelectual la que le llevó a buscar el ideal renacentista de un método científico capaz de dar cuenta de toda la realidad.


    Tras sus primeros estudios, se alistó en el ejército de Mauricio de Massau, osteriormente pasó por varios ejércitos, y durante el servicio en uno de ellos descubre lo que iba a ser la clave de su filosofía: la certeza del cogito. Durante algunos residió en París, donde entró en contacto con las grandes figuras intelectuales del momento. Después se trasladó a Suecia, invitado por la Reina Cristina para dar clases. Pero para su desgracia, ésta quería que las clases se dieran a las cinco de la madrugada, lo que hizo que contrajera una pulmonía de la que murió en 1650, aunque hay quien afirma que fue asesinado.


    Sus obras más importantes son elDiscurso del Método (1637), Meditaciones Metafísicas (1641), Los Principios de la Filosofía (1644), el Tratado del Mundo, cuya publicación fue suspendida tras la condena de Galileo, y el Tratado del Hombre (1677). Otra de especial importancia es Reglas para la dirección del espíritu que, aunque fue compuesta en 1628 no fue publicada hasta 1671


    2. El método.

    Como acabamos de indicar, Descartes asumió el ideal renacentista de la búsqueda de un «saber universal». Se  intentaba alcanzar una ciencia con la que pudiera abordarse la investigación de cualquier aspecto de la realidad, con la confianza en que el cosmos poseía una estructura única que el hombre podía descubrir con su potencia
cognitiva. El problema era establecer el proceso a través del cual penetrar en ella. Descartes, siguiendo una tendencia propia de la época, toma como modelo la geometría, pues veía en ella un medio tanto de descubrimiento como de demostración. A la luz de ello, y después de varios proyectos, elabora unas reglas que, en su sencillez,creía que podían dirigir el entendimiento en cualquiera de las direcciones por las que deseara transitar. En el Discurso del Método las estructura del siguiente modo:


   A) Duda metódica. Se propone Descartes partir desde cero, y no aceptar como  verdadero nada de lo que se pudiera dudar. Se trata de la suspensión del juicio que ya vimos que practicaban los filósofos académicos. Piensa, en primer lugar, que se puede dudar de todo lo que nos ofrecen los sentidos, pues se tiene la experiencia de a veces engañan. Por consiguiente, no pueden constituirse en criterio de verdad. Del mismo modo, la imaginación también puede jugarnos malas pasadas; de hecho, a veces confundimos la vigilia con el sueño (la experiencia de una pesadilla es prueba de ello). Es posible, por lo tanto, dudar de la realidad misma. Tampoco la lógica matemática es garantía, pues aunque el entendimiento crea seguir sus reglas de un modo escrupuloso y exacto, ¿quién nos
garantiza que no hay un «genio maligno» que nos confunde y nos hace ver como coherente aquello que no lo es?


   Llevando la duda hasta sus últimas consecuencias, Descartes parece encerrado en un callejón sin salida. Sin embargo, encuentra algo que lo saca de ella. Es posible, sostiene, poner en tela de juicio todo lo que pasa por los sentidos, por la imaginación, y por el entendimiento, pero de lo que no se puede dudar es de la propia existencia, pues incluso para dudar es necesario existir. Y como dudar es una forma de pensar, formula el descubrimiento del siguiente modo: cogito ergo sum (pienso, luego existo).


   Esta proposición se presenta al espíritu como una verdad que se puede afirmar con una certeza absoluta. Puede tomarse, por lo tanto, como modelo desde el que buscar nuevas verdades. Pero para ello es necesario analizarla desvelando sus caracteres internos. Veámoslos. En primer lugar, es una verdad a la que no se llega mediante una operación lógica, sino que la mente la percibe de forma inmediata. Es decir, es una «intuición», un conocimiento directo, sin mediaciones. Esta intuición se presenta al espíritu con una «claridad» completa, esto es, de un modo
presente y manifiesto. Y se percibe con absoluta «distinción», lo que, en el sistema cartesiano, significa que se impone de una forma tan precisa y diferente que no deja lugar a la confusión. En conclusión: se trata de una «intuición clara y distinta».


   B) Análisis. Una vez establecido el criterio de verdad, se trata de dividir cualquier dificultad hasta reducirla a elementos que puedan ser objeto de una «intuición clara y distinta».


   C) Síntesis. Los elementos más simples, que son intuidos con claridad y distinción, hay que volver a estructurarlos de modo que vuelvan a constituir la unidad de aquello que antes resultaba confuso. En esto consiste la «deducción». Ahora, tras el análisis y la consiguiente deducción a partir de los elementos simples, el todo se volverá también transparente al entendimiento.


    D) Enumeración. Se trata de enumerar cada uno de los pasos dados para estar seguros de no haber omitido nada.


    Cree Descartes que siguiendo estas reglas la razón puede avanzar con paso firme en la investigación de la realidad. Pero no se puede pasar por alto que en el método descrito la verdad queda encerrada en una conciencia
que sólo tiene evidencia de sus contenidos; es decir, hay que explicar cómo de la certeza subjetiva sobre las intuiciones se pasa a la afirmación de la realidad exterior al propio sujeto. Descartes lo hace a partir de la idea de Dios.


    3. Res infinita o divina.


    El método condujo a Descartes a la certeza de la propia existencia, a la que llegó mediante el análisis de los contenidos de la conciencia. A esta primera realidad evidente la llamó res cogitans (cosa pensante), pues la conciencia se define fundamentalmente como «razón». Pero, ¿existe alguna realidad fuera de yo? Descartes pretende demostrarlo a partir del análisis de la res cogitans.


    El cogito nos suministra la evidencia de una existencia, pero imperfecta. En efecto, el hecho mismo de dudar nos sitúa ante una deficiencia y, por consiguiente, ante una imperfección, pues la duda es expresión de una limitación. Pero si se comprende la imperfección es porque se posee la idea de «perfección» con arreglo a la cual se puede decir que algo es deficiente. Dicho de otro modo: si reconocemos algo como imperfecto es porque lo comparamos con un modelo perfecto. Pero, continúa Descartes, si la conciencia no tiene experiencia de nada
perfecto, ¿de dónde proviene esta idea? Sólo puede tener su origen en un ser perfecto que la ha puesto en la mente del ser humano.


    Una vez establecida la idea de un ser perfecto, Descartes recurra al argumento ontológico para demostrar su existencia. La idea de un ser perfecto implica su existencia, pues de lo contrario le faltaría una perfección: la existencia. A este ser le llama res divina (cosa divina).


    Se suele afirmar que la idea de Dios la entiende Descartes como una idea innata; es decir, una idea que no ha sido elaborada por el sujeto, sino que se halla en él desde su nacimiento. Es una cuestión muy debatida, pero la mayoría de los críticos entienden que se trata de lo que podríamos denominar un «innatismo virtual». Con esto se quiere indicar que no se trata de que todos los seres humanos posean en su mente la idea con absoluta claridad y distinción, sino que está potencialmente en la conciencia, y se despierta con alguna experiencia. Junto a las ideas innatas, distingue Descartes ideas «adventicias», que son las que tienen su origen en el exterior, y las «facticias»,
que son la construidas por la mente.


    Descartes concibe la substancia al modo clásico como «aquello que subsiste por sí mismo». Por eso, en sentido estricto sólo Dios es sustancia. La res cogitans lo es, pero en sentido análogo, pues en realidad subsiste en Dios.


    4. Res extensa.


    Así pues, ya se tiene certeza de la existencia de yo y de Dios, pero ¿y el mundo material? Descartes demuestra su existencia partiendo de la res divina. Dios ha puesto en el hombre la inclinación a atribuir la causa de nuestras impresiones a la realidad material. Y como es Dios es perfecto, no puede engañarnos, luego la materia ha de ser
una substancia real (en sentido análogo).


    Lo que caracteriza a la materia es que posee una extensión; por eso Descartes la denomina res extensa. Esta materia se halla en un movimiento continuo, que no puede tener su origen en ella misma, pues en sí es inerte. Es Dios quien imprime el movimiento, y a partir de ese primer impulso todo en ella se desarrolla de un modo mecánico.


    El ser humano, en cuanto compuesto de alma y cuerpo, es un compuesto de res cogitans y res extensa. Esto, obviamente, suscita un problema, pues por una parte está sometido al mecanicismo de los procesos materiales, y por otra ha de gozar de la libertad de la res cogitans. El fondo de la cuestión es: ¿cómo pueden interactuar ambas
substancias? Descartes no solucionó el problema. Aunque es verdad que creyó que en una parte del cerebro (en la glándula pineal) se unían espíritu y materia, no explicó cómo, con lo que el problema queda intacto.


    Otros racionalistas como Leibniz, Wolff, y Malebranche, intentaron solucionarlo recurriendo al denominado «ocasionalismo», según el cual los actos del alma son una ocasión para que Dios produzca un movimiento en el cuerpo, y al contrario: las afecciones del cuerpo son una ocasión para que produzca una alteración en el alma. En
cualquier caso, es una cuestión no resulta, pero abandonada, pues la antropología posterior abandonó el dualismo alma-cuerpo, en favor de la unidad sustancial del ser humano.

    Glosario.

    Certeza. Persuasión absoluta y fuera de toda duda.


    Claridad. Cualidad de las intuiciones en las que el objeto se percibe de un modo presente y manifiesto.


    Distinción. Cualidad de las ideas que se presentan de tal modo que no puede dar lugar a confusión.


    Intuición. Es el conocimiento inmediato de la realidad. En Descartes, al contrario que en Ockham, la intuición que tiene más importancia es la intelectual.


    Método. Conjunto de reglas que conducen a la razón al conocimiento cierto.


    Racionalismo. Corriente filosófica que concibe a la razón como el único medio de conocimiento, confiando en su ilimitado poder

http://filosofiayliteratura.jimdo.com/tema-10/

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